Cruz Roja informa Historias de voluntarios:

SOMOS ANÓNIMOS, PERO DEJAMOS HUELLAS CON NUESTRAS ACCIONES

Trabajar en terreno nos permitió darnos cuenta de que pese a la magnitud de la tragedia del 27 de febrero, esta catástrofe no destrozaría nuestro espíritu.

  • Publicado el 03 de Septiembre de 2010

Desde la misma madrugada del 27 de febrero, Cruz Roja comenzó a movilizar sus equipos y a sus voluntarios para ir en ayuda de las zonas afectadas. En esta tarea recibió el apoyo incondicional de Cruz Roja Internacional y de la propia comunidad. Una semana después, establecidas las condiciones de seguridad, soporte y movilización, un grupo de voluntarios y voluntarias viajaron desde Santiago con destino a Talca y Concepción.

A Concepción, llegamos 26 personas luego de 15 horas de viaje. La fuerza de la naturaleza nos sobrecogió. La tensión y angustia de la comunidad podía sentirse. No sabían a qué atenerse y nosotros no sabíamos cómo nos recibirían. La basura y los escombros que se acumulaban en las calles, la falta de agua y la presencia de roedores que evidenció la proximidad de una crisis sanitaria que se avecinaba. Eran tantas las necesidades y todas urgentes. Así, rápidamente nos dimos cuenta de la envergadura de la emergencia y el rol que estábamos llamados a cumplir.

Empezamos a trabajar de inmediato. Lo primero, elaborar un catastro de la situación, visitando las zonas afectadas y registrando las necesidades de la comunidad, identificando necesidades de salud, alimentación y habitación. Ello permitiría entregar una ayuda rápida pero acorde a los requerimientos urgentes, y también establecer un contacto directo con los representantes de las comunidades. Queríamos que supieran que estábamos coordinando ya la entrega de la ayuda, pero también queríamos decirles: "aquí estamos y no los vamos a olvidar". Como voluntarios, sabemos que las personas requieren ayuda concreta, pero además necesitan sentir que no están solos, que están siendo escuchados, que la ayuda ya viene y que su llamada de auxilio no será olvidada.

Trabajar en terreno nos permitió darnos cuenta de que pese a su magnitud, esta catástrofe no destrozaría el espíritu de nuestros compatriotas. Visitamos un campamento en Talcahuano, donde la precariedad era la principal característica. Todo faltaba, pero pese a ello, las familias lucharon porque la dignidad no estuviera ausente en esa dolorosa situación que vivían. Se esforzaron porque el simple baño con el que contaban se viera bien y funcionara adecuadamente. Y cuando caía esa llovizna penetrante del sur chileno, no utilizaban los latones disponibles para cubrir sus viviendas de emergencia, sino que priorizaban la ayuda que Cruz Roja les había entregado, para que se dañara. Fui casi increíble darnos cuenta que las propias familias de los campamentos determinaban quiénes tenían necesidades más urgentes. De esta forma, ellos mismos distribuyeron la ayuda que les habíamos entregando a otras personas que enfrentaban una situación más apremiante.

En ese minuto nos dimos cuenta que no sólo debíamos acelerar la distribución de la ayuda humanitaria, sino que también debíamos hacer una correcta priorización para determinar quiénes la necesitaban más.

También nos llenó de emoción el apreciar cómo la propia comunidad se organizaba. Muchas personas se acercaron a nosotros pidiendo elementos específicos: ropa, pañales, carbón. Con ellos, armaban paquetes de ayuda de acuerdo a lo que necesitaba cada familia. Así, desde lo particular, desde el individuo, la solidaridad fue sumando al colectivo.

Como voluntarios, también debimos ir en apoyo de nuestra propia institución. La filial de Talcahuano resultó con graves daños por el terremoto. Posteriormente, el tsunami arrasó con el primer piso y lo que quedó en el segundo, fue saqueado. Sólo se salvaron tres botiquines y seis petos. Pero nos organizamos en un gimnasio para recibir y atender personas heridas. El espíritu de la Cruz Roja no es fácil de abatir.

La experiencia de los representantes de los Comités Internacionales que viajaron a Chile para evaluar los daños y coordinar el trabajo nos permitió capacitarnos y mejorar nuestra capacidad de respuesta. Así, conocimos cómo funcionan aquellos elementos que habíamos visto por la televisión en desastres internacionales. Fue inspirador ver cómo todos trabajábamos juntos, sin importar rango, edad, o el cansancio tras tantas horas de trabajo acumulado. Muchas veces cedimos los espacios que ocupábamos para dormir para acumular la ayuda humanitaria que continuamente llegaba, y lo hacíamos espontáneamente, movidos por las ganas de ayudar, por el cariño y también por la esperanza de mejorar en algo la situación de los afectados.

Poco a poco, y sumando pequeños y grandes esfuerzos, logramos que la ayuda llegara a la comunidad. Se avanzó en la desinfección de los espacios, la instalación de letrinas y estanques de agua, y también en la capacitación de representantes de los campamentos para clorar correctamente el agua. Y todo esto, junto con la risa de niños que hacía imposible que las esperanzas decayeran.

En estos precisos momentos, las labores continúan, los voluntarios siguen ayudando a la comunidad, distribuyendo kits de cocina, higiene y alimentos, realizando educación para la salud y promoción de higiene junto con la intervención del grupo de apoyo psicológico en las comunidades, aun cuando algunas filiales estén en el suelo y la atención deba realizarse en una carpa.

Parte de la esencia del voluntario es ser anónimo, pero dejar huella con las acciones. Pero los nombres, rostros y ejemplo de Daniela, Valeria, Manuel, Marcia, Soledad, Álvaro, Felipe y Rodrigo me acompañarán siempre.

 

Este artículo fue construido sobre la base del testimonio de la voluntaria Camila Noseda, estudiante de enfermería.


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