Cruz Roja informa Informe Mundial de Desastres 2010

EL RIESGO URBANO COMO LÍNEA DIVISORIA: UN RETO DEL SIGLO XXI

A medida que el vaivén del desarrollo humano produce un desplazamiento creciente de población del campo a las ciudades, comprobamos que la acelerada urbanización y el crecimiento demográfico plantean juntos nuevos retos a la comunidad humanitaria, obligándonos a salir de nuestra zona de comodidad para sumirnos en un nuevo y extraño mundo urbano.

  • Publicado el 21 de Septiembre de 2010

Los signos de nuestra vulnerabilidad a los riesgos que amenazan las zonas urbanas se manifiestan por doquier.

Un terremoto puede provocar el derrumbe de hospitales, escuelas y viviendas con consecuencias trágicas indecibles. Un volcán puede sembrar el caos en los aeropuertos. Una inundación puede transformar calles pulcras en canales de detritos. El tráfico de drogas puede convertir barrios pobres en zonas de guerra. Una epidemia puede propagarse velozmente en un barrio marginal superpoblado.

A medida que el vaivén del desarrollo humano produce un desplazamiento creciente de población del campo a las ciudades, comprobamos que la acelerada urbanización y el crecimiento demográfico plantean juntos nuevos retos a la comunidad humanitaria, obligándonos a salir de nuestra zona de comodidad para sumirnos en un nuevo y extraño mundo urbano.

Ante los desastres naturales, una ciudad bien administrada puede ser uno de los lugares más seguros del mundo. También puede constituir el lugar más idóneo para criar a los hijos, educarlos, tener acceso a la atención de salud y encontrar un empleo. La esperanza de vida es allí más elevada.

Ahora bien, una ciudad también puede ser el lugar más peligroso del mundo para quienes viven en un entorno donde la presencia de las autoridades es casi inexistente y donde faltan los recursos y la voluntad para garantizar los servicios sociales básicos, la seguridad alimentaria, la vigilancia policial, el suministro de agua potable y saneamiento, así como el respeto de normas de construcción apropiadas.

El riesgo urbano, línea divisoria, plantea un reto difícil a la humanidad del siglo XXI, que debemos afrontar si queremos evitar que el creciente éxodo del campo a la ciudad conduzca a un aumento de enfermedades y muertes, por la repetición de los mismos peligros que entrañó el siglo XIX para la salud pública, exacerbados, hoy en día, por los riesgos que generan el cambio climático y la amenaza de pandemias.

En las ciudades, las tensiones y las presiones de la vida cotidiana se multiplican sin cesar para quienes terminan viviendo en la marginalidad urbana de los países de bajos y medianos ingresos, sobreviviendo con apenas un dólar o menos al día.

A pesar de la actividad del comercio y de otros signos que marcan el compás de una vida efervescente en el corazón de numerosos asentamientos urbanos precarios, la vida en esos lugares puede ser dura, brutal y corta para muchos habitantes que difícilmente salen vencedores de una lucha darwiniana por la supervivencia contra las enfermedades, la malnutrición, el analfabetismo, el crimen y los desastres naturales.

La comunidad humanitaria debería preocuparse sobre todo de esta clase urbana terriblemente desfavorecida, que representa casi 1.000 millones de personas y que crece a un ritmo anual de 10 millones, a pesar de los loables esfuerzos que se despliegan en países como la India y China, con el fin de alcanzar el Objetivo de Desarrollo del Milenio relativo a la vivienda.

Antes que la marea de la urbanización nos haga perder pie, la comunidad humanitaria debe dar un giro de timón en su modo de proceder con esos grupos vulnerables y los gobiernos, que no escatiman esfuerzos para entender lo que está ocurriendo en sus ciudades y a los que les resulta difícil otorgar los recursos necesarios para emprender la acción que conviene.

El Informe Mundial sobre Desastres de este año no contiene, desde luego, todas las respuestas a nuestros dilemas, pero sí da sabios consejos para reducir esta diferencia existente entre el mundo en desarrollo y el mundo desarrollado frente a los riesgos que amenazan a la población en las zonas urbanas. También pone de relieve que en la era de la globalización las deficiencias que padece una región pueden afectar al mundo entero.

La urbanización puede ser un baluarte poderoso contra las peores consecuencias que nos está significando el cambio climático. En las ciudades que tienen una buena gobernanza, se registran economías de escala con respecto a la reducción del riesgo y a la capacidad de respuesta. En las ciudades que tienen una buena gobernanza, también hay ciudadanos autosuficientes y activos en sus comunidades porque tienen la seguridad de que se respetan sus derechos a la vivienda, la tierra y la propiedad.

Los actores humanitarios tienen por delante la tarea de encontrar una nueva forma de colaborar con las autoridades locales y las comunidades vulnerables para velar por que la reducción del riesgo abarque todos los ámbitos y no se focalice simplemente en lo que salta a la vista y en la labor de limpieza después de una catástrofe.

Al examinar los numerosos ejemplos que se presentan en este informe, resulta evidente que las comunidades urbanas son capaces de hallar sus propias soluciones, afirmar sus derechos y desempeñar plenamente el papel que les corresponde en la recuperación y la reducción del riesgo, pero muchas de esas comunidades precisan un apoyo externo que se ajuste a su situación.

Lo que es apropiado para una persona no lo es para otra. Esta paradoja –eliminar un riesgo para reemplazarlo por otro– nos debe alentar a actuar de manera inteligente con las comunidades que luchan por sobrevivir entre las fisuras de los riesgos en las zonas urbanas. A largo plazo, si velamos por el bienestar de las personas vulnerables de nuestras ciudades también estamos velando por nuestro propio bienestar.

Bekele Geleta
Secretario General de la Federación Internacional de la Cruz Roja y Media Luna Roja


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    Informe Mundial Desastres 2010. Resumen en Español (PDF. 1,8 MB)

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    World Disasters Report 2010. Focus on Urban Risk. Full Version in English (PDF. 5,3 MB)